Echo de menos un sexo que eleve y lave el alma, un sexo que construya mi existencia. Un sexo que deje marcas en el cuerpo, que te consuma como el fuego y que aun así permanezca para siempre en los huecos de la memoria, asaltándote de improviso como un olor o un sonido lejano. Un sexo en el que los dos cuerpos parecen inseparables, y deseas estar cerca y dentro. Un sueño materializado entre carne, sudor, olor y calor.